Hundir la cabeza allá mismo. Hay a quien se le aparece la Virgen —y que conste que no hablo en sentido metafórico—, sin embargo, a un servidor, a quien nunca sucedió tal cosa, sí le ha acontecido verse visitado en su lugar por la concurrencia de la madre naturaleza, que en este final de otoño, sin ir más lejos, tejió frente a la ventana de mi dormitorio, en forma de gráciles ramas de olmo recién desnudas por las últimas lluvias, la elegante y sugerente figura de un cuerpo femenino desnudo. Sí, aquí abajo lo tienen ustedes.
Una mañana temprano me desperté, abrí los ojos, y, date, ahí estaba el cuerpo de mis sueños. Arriba, en el centro de luz que se abría entre la niebla, perfectamente dibujada, aparecía el esbozo de unas caderas, el pubis, la línea graciosa de los muslos contra el cielo. Debería haber salido gritando: milagro, milagro, pero no fue el caso; en la hora temprana del amanecer quedé arrobado no más. Será eso, como en el test de Rorschach, que cada uno ve lo que quiere ver y allá donde unos ven vírgenes, otros ven un gracioso y elegante cuerpo femenino.
Acaso sólo una anécdota, pero ello no me roba el placer ahora de despertarme cada mañana con esta hermosa sugerencia en el marco de mi ventana. Un regalo de la madre naturaleza quizás.
Y no es que la cabra tire al monte, lo cual es verdad en todo caso, sino que todo nuestro ser inevitablemente acaba y termina en parecido anhelo (también ello gracias a la madre naturaleza); por eso que hundir la cabeza y la boca en una vulva sea un acto religioso no muy diferente al de las “locuras” de los místicos. La única diferencia es que ellos veían a través de la influencia de su religiosidad y trajinaban con ubicuos anhelos, mientras que nosotros, sabiendo de la sabiduría de la naturaleza podemos permitirnos el lujo de “jugar” y hacer arte con el erotismo, transformando las poderosas energías de que dispone la reproducción en el sancta santorum de nuestra privada religiosidad. La sociedad es sabia e inventa popes y creencias para explicarlo todo; pero no es menos sabio el individuo de carne y hueso, que rinde homenaje al día desde el principio de los tiempos, en el sacrosanto altar del cuerpo amado.
Sí, éste es el altar en que deberíamos rezar todas las mañanas. Esta imagen particular saliendo de las entrañas de la savia del árbol, me recuerda ahora cada día dónde he de poner mis anhelos y oraciones.
“Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas”
canta San Juan de la Cruz.