Hundir la cabeza allá mismo

Hundir la cabeza allá mismo. Hay a quien se le aparece la Virgen —y que conste que no hablo en sentido metafórico—, sin embargo, a un servidor, a quien nunca sucedió tal cosa, sí le ha acontecido verse visitado en su lugar por la concurrencia de la madre naturaleza, que en este final de otoño, sin ir más lejos, tejió frente a la ventana de mi dormitorio, en forma de gráciles ramas de olmo recién desnudas por las últimas lluvias, la elegante y sugerente figura de un cuerpo femenino desnudo. Sí, aquí abajo lo tienen ustedes.

Una mañana temprano me desperté, abrí los ojos, y, date, ahí estaba el cuerpo de mis sueños. Arriba, en el centro de luz que se abría entre la niebla, perfectamente dibujada, aparecía el esbozo de unas caderas, el pubis, la línea graciosa de los muslos contra el cielo. Debería haber salido gritando: milagro, milagro, pero no fue el caso; en la hora temprana del amanecer quedé arrobado no más. Será eso, como en el test de Rorschach, que cada uno ve lo que quiere ver y allá donde unos ven vírgenes, otros ven un gracioso y elegante cuerpo femenino.

Acaso sólo una anécdota, pero ello no me roba el placer ahora de despertarme cada mañana con esta hermosa sugerencia en el marco de mi ventana. Un regalo de la madre naturaleza quizás.

Y no es que la cabra tire al monte, lo cual es verdad en todo caso, sino que todo nuestro ser inevitablemente acaba y termina en parecido anhelo (también ello gracias a la madre naturaleza); por eso que hundir la cabeza y la boca en una vulva sea un acto religioso no muy diferente al de las “locuras” de los místicos. La única diferencia es que ellos veían a través de la influencia de su religiosidad y trajinaban con ubicuos anhelos, mientras que nosotros, sabiendo de la sabiduría de la naturaleza podemos permitirnos el lujo de “jugar” y hacer arte con el erotismo, transformando las poderosas energías de que dispone la reproducción en el sancta santorum de nuestra privada religiosidad. La sociedad es sabia e inventa popes y creencias para explicarlo todo; pero no es menos sabio el individuo de carne y hueso, que rinde homenaje al día desde el principio de los tiempos, en el sacrosanto altar del cuerpo amado.

Sí, éste es el altar en que deberíamos rezar todas las mañanas. Esta imagen particular saliendo de las entrañas de la savia del árbol, me recuerda ahora cada día dónde he de poner mis anhelos y oraciones.

“Buscando mis amores,

iré por esos montes y riberas”


canta San Juan de la Cruz.

Domingo por la tarde

Para la melancolía de un domingo de otoño, sugerir como única razón la desesperanza. Del silencio de la tarde tan sólo brota la explicación plausible de un organismo que crea anhelos y expectativas pero que anega sus energías en la vía muerta de un páramo deshabitado. El anhelo que nos salvaría de nuestra irremediable soledad, de la necesidad realizarnos en el otro.




Dependemos del amante en tanto nos expresamos en él, en tanto que lo necesitamos para dar testimonio de que estamos vivos; la ternura infinita que busca realizarse a través de nuestras manos o nuestros labios en otros cuerpos, en otros ojos. Pero ay si nuestras manos o nuestros labios se posaron equivocadamente; ay si nuestra ingenuidad fue sorprendida; ay, entonces, la energía sola, la energía inútil rodando con el peso de su fuerza, sin resistencia, sin empleo, pendiente abajo. Se hará añicos contra el barranco. Sólo quedará una nube de dolor y espanto; desengaño; un sufrimiento que se expresará en relación a la intensidad fatua del anhelo.

No deberíamos colgar en las paredes de nuestras habitaciones los enigmáticos retratos que alumbran nuestra pervertida e insana esperanza; al menos mientras seamos débiles, mientras no aprendamos a mirar con el ánimo tranquilo en los ojos de la Hidra de las múltiples cabezas. Y es que el cuerpo, atareado en los afectos, se hizo débil mientras tanto, perdió la constancia y la fuerza de los empeños; dejamos de ser los seres fuertes y dispuestos que éramos mientras subíamos por las laderas de las montañas, mientras corríamos camino de la meta.

Camino de casa

Después de varios días de lluvia ininterrumpida decidí emprender una tarde el camino de vuelta. Abandoné con cierta nostalgia la alameda en donde había permanecido los últimos días, un prado cercano a la corriente formidable del río Irati, que oía bramar día y noche desde el interior del coche. Mis temores de que el automóvil no pudiera remontar la empinada y abrupta pendiente del camino, por donde bajaba el agua como si fuera un río, fue infundada; los neumáticos agarraban bien en el firme pedregoso.

Pernocté en un área de descanso. Después de las diez de la noche vi subir un coche hacia el aparcamiento, un área de descanso en un altillo solitario; paran, apagan todas las luces, todas, y quince minutos después compruebo cómo ponen el coche de nuevo en marcha y bajan por la rampa que lleva a la autovía. La luz no les debía de llegar ni para encontrarse los genitales, pero mira por donde cuando las ganas aprietan hasta el páramo venteado de este cerro en plena oscuridad era un lugar apropiado para quitarse los calores de encima. Buena cosa la de quitarse los calores de encima.

Por el camino me entretuve en la ciudad vieja de Tudela, muros y fachadas que recordaban lejanamente a Venecia. Pasando Tarazona empezó a llover intensamente; ya fue imposible parar, diluviaba.

Una buena parte del viaje de regreso se me fue en reflexionar sobre el hecho amoroso, sobre las convenciones, el tiempo, la soledad, las razones del acto de vivir. Todavía necesitaba desahogarme; tenía reciente la cita de Jean Genet: “La soledad no me es concedida; soy conducido a ella por un interés por lo bello; quiero definirme en ella, delinearme en sus contornos, emerger de la confusión. En suma, ponerme en orden”. Algo así había querido ser mi solitario periplo otoñal. Sin embargo, de camino a casa, todavía me movía en el laberinto por el que el otoño me había llevado: ¿afecto, amor, costumbre, pasión? ¿Cómo ponerse en orden? El matrimonio no necesariamente debe guardar en sí una pasión; la pasión es otra cosa, es la concentración en el tiempo de una fuerza que, aún siendo poderosa, todavía no ha habido manera de poner a prueba, no pasó por el crisol de una convivencia prolongada, no tuvo hijos, no experimentó el pulso ni los altibajos de los años de la vida; la pasión retuerce frecuentemente sus dedos y su exasperación en un deseo ciego que no pocas veces sirve a nuestra destrucción. No parece descaminado decir que la pasión es zozobra, una tensión incontrolable en la que nos cocemos a fuego lento. Una forma de pasión. Hay otras también.

Y llovía intensamente. El limpiaparabrisa no daba abasto.

Pero el amor, y con él la pasión, puede ser también otra cosa. Puede ser nuestro ofrecimiento, nuestra ayuda, nuestro deseo de que el otro crezca, posea un espíritu hermoso y valiente. Nuestra pasión se resuelve entonces en el hecho creador, en la ayuda pertinente. Somos amando. Ser amando significa entonces realizarse en el otro, quererlo denso, capaz, creador, significa desear su felicidad, sea cual sea el camino que ésta tome para hacerse efectiva.

Llegué a casa. Estaba especialmente bella la parcela; también aquí llovía.

El otoño está casi en su final. En mi viaje por las tierras de la península había recolectado un buen número de historias y recuerdos. Ahora sólo me quedaba ponerles orden y colocar la escritura una debajo de otra. El libro, acorde con la estación y, con un proyecto previo de completar un ciclo estacional, se titularía Otoño.

(Los dos primeros libros de este ciclo estacional están disponibles en este mismo vínculo)


Cuento de otoño

A la orilla del río. El tiempo parecía haberse detenido. Había estado lloviendo toda la noche intensamente, y el ruido del agua, unido al fragor del río cercano, le mantuvieron despierto durante mucho tiempo. A veces el viento mandaba una ráfaga de agua que se estrellaba ruidosamente sobre los cristales. Tras los asientos delanteros del coche había habilitado una cómoda cama. Dentro del saco de dormir hacía un calor agradable; estirado todo a lo largo oía relajado y con gusto la música del temporal; no hacía nada, era una situación muy poco cotidiana, aislado en un bosque bajo el diluvio. Su barba desarreglada e híspida, surcada por abundantes canas, le daba un aspecto asalvajado. El sonajero del agua terminó por dormirle. Ahora se había encontrado con una chica que llevaba un largo vestido amarillo con lunares azul prusia; era atractiva, el lugar donde se encontraban le era familiar aunque metamorfoseado por los caprichos del sueño, se trataba del alto valle de los Galayos que arranca desde el pueblo de Guisando, en cuya parte superior, convertida en esta ocasión en un típico valle glaciar se había instalado un mercado árabe perfectamente alineado como si de una legión romana se tratara. Él debía comprar algo que indicó a la chica susurrándoselo en el oído; ella le señalaba el zoco con la mano y después lo besaba, ahora de pies en la rampa de una estrecha calle de fachadas encaladas. Tenía unos pechos prietos y bien moldeados. Luego bajaron hacia el aparcamiento, a ella no parecía molestarle caminar con la incómoda falda de tubo que vestía. Debían buscar un lugar discreto, pensaba él, pero no había apremio; pasaron junto a un tojo de tronco retorcido y fibroso. En aquel momento una rama cayó sobre el coche y lo despertó. Las sombras de los árboles, envueltas en la lluvia, clareaban desdibujadas por los chorreones de agua que bajaban deslizándose por los cristales. Tardó algunos segundos en hacerse una idea de donde se encontraba. Recordó que dormía junto a un río, bajo las copas de unos sauces; sobre los cristales se habían posado algunas hojas amarillas, era otoño; la escena se fundía con la de la chica de la otra parte del sueño, recordaba la secuencia anterior como una película que se hubiera proyectando dentro de su cerebro. Le volvían las imágenes, sus caderas estrechas se confundían con las de él; ni cuerpo ni manos se sabía a quien pertenecían, ni las caricias que bajaban por su cuerpo que era a la vez el de ella. La chica del vestido amarillo de lunares azules no se había desnudado, sólo se había subido el vestido hasta la cintura. La agradable curva del trasero entre sus manos hizo que se produjera una breve revolución en su cuerpo; las caricias, aliadas con tan espléndida visión no tardaron en convocar a un puñado de sustancias que circulaban a esa hora por su organismo, de manera que fue inevitable que se produjera un pequeño cataclismo.

Era tan agradable estarse allí sin hacer nada dentro del calorcillo del saco de dormir en mitad de la noche... Llegaba desde fuera el estruendo del río. Las ventajas de acogerse a los beneficios del sueño implicaban la no necesidad de preocuparse por las minucias de las provisiones o el agua; una consideración que parecía surgir como de alguien que lleva una semana, un mes apresado en el reducido espacio de un vehículo . Era nuevo en estas experiencias, pero sabía que nadie, aunque esté en medio del desierto, se puede morir de inanición mientras sueña, así pues un problema menos, y por supuesto, un ahorro más, pensó. Sólo le cabía esperar pacientemente “el desarrollo de los acontecimientos” Así que, acurrucado en el saco de dormir, dejó pasar el tiempo, imaginó que acaso en esta nueva situación vinieran a visitarle obsesiones diferentes, lo que sería un alivio; descansar por unos días de ser uno, tomarse unas vacaciones y vivir al amparo de otras circunstancias y personalidad era una expectativa estimulante; un descanso por otra parte que daría variedad a los días, tan llenos últimamente de mucho de lo mismo. Tenía un efecto balsámico pensar que ya no tendría que preocuparse por las obsesiones y circunstancias corrientes, sus conflictos se habrían acabado y ahora estaría en otro mundo diferente, alivio inmenso que habría que agradecer al dios Morfeo. Y ello era un ejemplo, claro, quizás imaginaba mundos diferentes, acaso incluso su escritura dejaría así de planear incansablemente en torno a él mismo y sus circunstancias; aunque bien pensado, siéndole tan estimulante escribir sobre su vida no habría razón para desear que dejara de hacerlo; quizás lo interesante en esta nueva circunstancia era precisamente que, dado que su vida podía cambiar, que su universo temático podría ser sustituido por otro, ello posibilitaría escribir con un cierto aire de novedad otras historias. También le preocupaban cuestiones prosaicas como que cuando despertase no pudiera arrancar el coche; había olvidado desconectar el ordenador y era seguro que éste terminaría descargando la batería; y eso sin contar las condiciones en que pudiera quedar el camino después del diluvio de la noche. Se entretenía imaginando las hojas oscuras de los sauces y los álamos colgando como fruta madura de las ramas, girando al impulso del viento y el agua alrededor de su eje como veletas sin norte. Las nubes debían cubrir la ladera de la montaña. Se adormeció. Poco después leía un libro en el interior de una habitación que ofrecía el aspecto de una consulta médica; vestía un batín blanco. Sus ojos iban de una línea a la otra con la indiferencia de quien mata el tiempo a la espera de que llegase el momento de marcharse de allí. La luz, que bajaba de un ventanuco lateral, caía directamente sobre el libro. Sus dedos, que habían empezado ya a pasar la página a pocas líneas del último verso, se detuvieron, en su rostro había aparecido un interés repentino. En ese instante golpearon la puerta y él levantó la vista por encima de las gafas.

¡Pase! —dijo alzando la voz, molesto sin lugar a dudas por la interrupción.

El manubrio de la puerta giró y ésta se abrió lentamente.

—¿Se puede? —La voz procedía de una anciana que arrastraba tras de si un abultado carro de la compra.— ¡Buenas tardes! —Su cabeza, hundida en los hombros al final de su espalda concorvada, salía de su cuerpo como de una rapaz posada y de abultadas alas. Después de cerrar la puerta se volvió a dejar el carro junto a una silla cercana. Él creyó reconocer a la persona que entraba en la consulta en una anciana con la que había coincidido meses atrás en una tertulia del Ateneo de Madrid; ella había leído un poema. Su rostro era anguloso y su mirada determinante e incisiva. Encorvada en un sillón, con su cuerpo hundido y con ambas manos sobre el mango tallado de su bastón, le había llamado la atención por la impaciencia que mostraba su expresión a raíz de unas anécdotas, que parecían no venir al caso, con que uno de los contertulios había interrumpido el turno de las lecturas de los poemas del grupo. Recordaba estos detalles, cuando sorprendido por una extraña coincidencia, se sintió como niño cogido en falta. Un movimiento reflejo le llevó a ponerse en guardia e intentó ocultar el libro bajo unos informes. La rara coincidencia no podía ser más casual dado que la autora de aquel libro era precisamente la anciana que tenía delante. Ella, frente al movimiento repentino del doctor, esbozó un gesto de contrariedad, pero no dijo nada; también la anciana había reconocido al médico en un hombre tímido que había asistido no hacía mucho a una de las tertulias literarias; el libro que había escondido era sin duda el suyo. Ambos hicieron como que ignoraban su mutuo conocimiento. El médico, mirándola recordó la circunstancia de cuando le tocó recitar a ella; lo hizo con contundencia y dicción varonil, se trataba de unos versos que expresaba parte de la historia última de su vida, una indignada falta de resignación que clamaba despechada frente a las puertas de la muerte.

Él la observó por encima de las gafas; con un leve movimiento de la mano le indicó una silla frente a su mesa. La anciana se tomó tiempo para acomodarse. Sus movimientos eran lentos, pero nada en su expresión denotaba prisa o apuro por la excesiva lentitud con que se veía obligada a moverse. Era verano, el bochorno de la tarde excusaba el silencio de ambos. El libro, que había quedado oculto bajo una carpeta, pero del que se veía no obstante el lomo, atrajo la atención de la anciana, que ya en ese momento estaba segura de que aquellos eran sus propios versos. Esa constatación pareció animarla a hablar.

—Venía sólo a por unas recetas —dijo. Pero en seguida pareció haberse olvidado de esta primera aclaración—. Por cierto, ¿no se molestará usted si no reprimo la curiosidad de hacerle una pregunta?

El doctor, al que no se le había pasado por alto la rápida mirada que la anciana había dirigido al libro, dejó escapar una sonrisa cercana a la connivencia.

—Usted dirá —respondió.

—Me pregunto de quién serán esos versos que tenía usted ahí, sobre la mesa. Le ruego me disculpe, pero a mis años es inútil privarse del placer que supondría para mí descubrir entre los habitantes de este pueblo abandonado un lector de poemas. —La anciana parecía divertida de repente. No quería privarle a su interlocutor de una conveniente ración de ironía— Por cierto, que refugiarse aquí para leer, sería la única explicación verosímil para entender el horario de sus consultas; a nadie sin un motivo muy poderoso se le ocurriría recibir a los pacientes a un hora tan inhóspita como ésta.

En el rostro del interlocutor apareció un gesto de sorpresa que enseguida derivó hacia una amplia sonrisa. Se quitó las gafas. Río amablemente. Los ojos de la anciana brillaban vivaces e inteligentes desde su postura encorvada que le impedía mirar de frente.

—Conservo un lejano recuerdo de haber coincidido con usted en algún lugar, pero no sabría decir ni dónde ni cuándo —no sabía cómo abordar aquella familiaridad de la anciana—. ¿Le gustan los versos? —dijo al fin.

Ella hizo caso omiso de esta observación. Demasiado desmemoriado quiere aparecer este hombre, se dijo. Luego contestó: —Aquí una servidora es escritora de versos desde que aprendiera a escribir: doña Remedios, para servirle. ¾La anciana dejó pasar unos segundos y en seguida añadió¾ Tengo a la venta todavía algunos ejemplares, cinco euros menos que hace dos meses; si le interesa le puedo vender uno.

El doctor esbozó una sonrisa.

¾¿Versos de amor? ¾preguntó.

En esta ocasión la anciana fue contundente, le miró con cierta rechifla y le dijo poniendo aspecto de contrariada: ¾Perdone, así a primera vista le hubiera considerado más inteligente. Y excuse la intemperancia, pero una servidora no cayó nunca en esa tentación, creo que debería haberme mirado con más atención, habría notado sin derrochar mucha sagacidad que no hay ni huella en mi cara de ese rastro de estupidez que deja el enamoramiento en los rostros de determinada feligresía.

Él pareció tomárselo a broma. Por un momento cayó en la cuenta de lo absurdo de aquella situación, pero no desistió, el rostro de la mujer denotaba todo menos vulgaridad, quizás trataba de divertirse a su costa, acaso había pasado por las solitarias calles del pueblo arrastrando su carrito en busca de un entretenimiento y, no habiéndolo encontrado no le cupo mejor idea que meterse en el consultorio del médico a pegar la hebra con quien se prestase a ello. Al fin decidió terminar con su mal disimulada amnesia.

—De acuerdo, tardé en reconocerla a usted, pero ya, ya me sitúo. Aquella tarde en el Ateneo me llamó mucho la atención el poema que leyó, y particularmente su persona, usted misma leyendo con tanta pasión los versos.

—Ya —dijo ella. Hizo un inciso y dando por finalizada aquella digresión sobre poesía, continuó—. La verdadera razón de mi visita es un tanto inusual, verá, pero dado que usted parece aficionado a la literatura no le costará comprender lo que le voy a pedir—hizo una breve pausa, le miró a los ojos y continuó—. Necesitaba saber qué sucederá en mi cuerpo cuando me llegue la hora de la muerte y, estando de vacaciones en un lugar tan apartado como éste no se me ocurrió mejor idea que acudir a esta consulta. ¿Cree que me podrá ayudar?

Había empezado él a hablar de la oxidación celular y de los principales efectos de los radicales libres sobre el organismo, así como de la alteración que éstos producen en los lípidos, que a su vez dañan la membrana celular, pudiendo provocar la muerte de dicha célula, cuando el ruido del río empezó a oírse claramente en algún lugar de la escena; el agua golpeaba sobre la chapa del coche. Se dio la vuelta algo sorprendido por el cambio de escenario; durmiendo sobre el lado derecho los ruidos llegaban más apaciguados. El leve rastro del consultorio terminó por desaparecer. Ser un pionero en un inmenso bosque ya no estaba al alcance de cualquiera, pensó, dentro de la oscuridad en la que sólo una muy leve silueta de árboles podía verse. Le hubiera gustado probarlo en alguna ocasión, pero ya no quedaban lugares así, sólo le habría cabido la oportunidad de hacerse un prefabricado en medio de la civilización; una ironía, comprarse una caseta de esas de madera que venden en Leroy Merlin y colocarla en algún lugar de la parcela. Aunque quién sabe; si acaso fuera capaz de prescindir de aquello que no fuera bosque y aire... Hoy la cabaña de troncos de Thoreau junto al lago Walden se habría visto invadida por los visitantes durante el fin de semana. Por eso el proyecto de Rodrigo y Paula le parecía un maravilloso sueño no exento de la leve sonrisa de reconocimiento que se otorga a la fuerza de una ilusión. Su proyecto, levantar en pleno otoño una cabaña de piedra y ramas en las laderas de la Sierra de la Cabrera era propio de un hijo tan peculiar como Rodrigo, esa clase de propósitos que siempre se sitúan cercanos al límite en donde las propias fuerzas y posibilidades buscan la manera de abrirse paso. Su admiración por Thoreau se hacía extensible ahora a Rodrigo.

Aunque había transcurrido ya un buen rato desde que había amanecido, permanecía tumbado dentro del saco haciendo honor a la lluvia y a una deliciosa pereza que esa mañana celebraba como un premio que se hubiera concedido a sí mismo ante la imposibilidad de hacer otra cosa. Volvió a adormecerse una vez más. La preocupación de la anciana escritora de versos, por la muerte, pareció determinar el espacio siguiente, un lugar que guardaba cierto parecido con una oscura cripta al fondo de la cual se abría una profunda hornacina; pero también cabría confundirlo con el espacio abovedado en forma de nicho que los hospitales destinan a las resonancias magnéticas. En una especie de camilla que también podía parecer un catafalco, yacía el cuerpo de su hija. El catafalco se desplazó fuera de la hornacina y apareció el cuerpo completo. Estaba frente a un cadáver, sus carnes blancas tenían el aspecto de un cochinillo al horno poco hecho. Sus labios, abiertos, resaltaban dramáticamente agrietados. Su rostro, el color de la piel, eran la réplica de los colores de Tiépolo. Sin embargo ella se levantaba, pasaba su brazo por el hombro de su padre y decía: no pasa nada, ¿qué tal estás? Eso era todo; la oscuridad del fondo hacía desaparecer todos los detalles. Tampoco él parecía muy sorprendido, terminó mirando aquel cuadro como quien es consciente de que está dentro de un sueño que no tardaría en acabarse. Le despertó el sonido del teléfono vibrando sobre la bandeja trasera del coche. Se incorporó para cogerlo, pero sucedió algo extraño, no podía tomarlo con la mano, al intentar asirlo sus dedos no encontraban la resistencia que ofrecen los objetos cuando se los toma, los dedos se plegaban sobre los dedos. El timbre insistió durante medio minuto, lo miró apenas extrañado por el hecho. En un sueño todo era posible, pensó. Después volvió el sonido del río; ahora las gotas caían esporádicas sobre la chapa del coche. La expectativa de pasar una larga temporada en ese rincón de bosque inundado por el ruido del agua, incapacitado para relacionarse con la realidad corriente le hacía cierta gracia; quizás podría ver incluso con gusto cómo las hojas caían poco a poco en el transcurso de los días hasta quedar los árboles desnudos. Ese sería su reloj de arena, porque desde luego no, lo de la novela de Daniel Defoe ni pensarlo, no tenía intención de ir haciendo marcas en los troncos de los árboles como Robinsón Crusoe; el tiempo podría no tener importancia a partir de este momento. Le preocupaba, eso sí, la lectura, qué sucedería cuando terminara con Thomas Mann, con su libro sobre budismo y psicoanálisis, con George Gratz, el poeta expresionista alemán, o con los versos de García Calvo, porque indudablemente no podría dejar pasar el otoño sin que llegaran nuevos libros a sus manos, que por otra parte, ¿quién iba a ser el guapo que se los fuera a traer hasta este extraño bosque?. Por lo demás se encontraba tranquilo. Se imaginaba como un shadu recogido sobre sí mismo viendo amanecer y atardecer sin que entre lo uno y lo otro hubiera otra preocupación que escribir alguna cosa, leer y escuchar de vez en cuando el reducido repertorio de música que se había traído en su mp3. Como se ve un shadu posmoderno; con toda seguridad él no sabría llegar nunca a ese grado de sabiduría que hace que un hombre pueda alimentarse de cuatro hierbas y vivir el resto de los días sumido en profunda meditación. El coche era reducido pero se trataba de un lugar cómodo, no necesitaba más espacio; confiaba por otra parte en que la temperatura no descendiera tanto que le obligara a permanecer a lo largo del día dentro del saco de dormir. Habría de tener mucho cuidado sobre todo del portátil, un Toshiba de un kilogramo de peso que le acompañaba siempre y sin cuya concurrencia se iba a ver bastante perdido, ya que escribir a mano era algo periclitado hacía tiempo; escribir significaba el cálido tacto de las teclas, las hormiguitas negras sobre la pantalla, obedientes a los impulsos de su cerebro, que por demás últimamente estaba significativamente empeñado en llevar adelante el proyecto de relatar algo relacionado con el otoño; así que dejarle con las manos vacías sin la posibilidad de escribir, aunque el lugar fuera el apartado rincón de un sueño, habría sido un acto de inútil violencia, algo éticamente imperdonable. En ello pensaba no sin cierta preocupación. No quería ni imaginar cómo podrían ser las cosas de otro modo, aunque tampoco las tenía todas consigo, sobre todo pensando en el teléfono móvil que por alguna razón desconocida se había hecho inaprensible.

La fina arena del reloj de vidrio había empezado a caer imperceptiblemente por el delgado orificio que unía los dos senos de cristal. Eso era el tiempo, se decía, y miraba el paralelo caer de las hojas por delante del cristal trasero del coche. El tiempo era eso que había entre una hoja que caía y la siguiente (lo que está arriba termina siempre de una manera u otra cayendo sobre la tierra, también eso le hacía reflexionar), a más hojas caídas más tiempo. Y también el cambio en su textura, en su color; todo ello hablaba del tiempo. ¿Pero, además, qué era el tiempo? ¿para qué servía? Alguno podría decir que el tiempo era ese espacio en donde suceden los hechos, en donde uno hacía esto o lo otro, pero la cosa no estaba clara del todo, quizás sería mejor decir que el tiempo era la transformación lenta de todo, pensaba, la piel que se aja, el proceso de oxidación de las células, el cambio climático, el paso de una glaciación a otra, la llegada finalmente de la artrosis a los huesos de uno. En su caso el tiempo sería la lluvia, el viento, el paulatino desnudamiento de los árboles, acaso la esporádica subida del nivel del agua en el río.

¿Qué tienen los gritos?

La paz del camino, la sombra oscura de los cerros como lienzo de fondo sobre los que las alamedas despliegan sus colores, diluyen el enramado oscuro, encienden el plumero de las cumbres; caminar despacio, dejar al ánimo campar por el paisaje, observar el movimiento de los árboles, penetrar el gris ceniza de las laderas próximas. La línea de ese estrato que sube a mi izquierda y que señala la historia de la agitación de la tierra, de la que nosotros no llegaremos a ver más que un ínfima parte. Ordenaremos nuestra vida, eso sí, como si fuéramos el centro del tiempo. Ya tuve esa intuición hace años atravesando el Himalaya por el Karakoram. El movimiento rígido de las ramas desnudando con su fiesta de color el campo no es otra cosa que el metrónomo que nos dice de nuestro tiempo efímero. Llueve camino del desfiladero de Lumbier. No es fácil vivir en la percepción del tiempo que transcurre, mirarle consumirse acaso entre unas pocas inquietudes, consciente de nuestra levedad e insignificancia

¿Qué tienen los gritos?

Ahora el ruido del mundo me aturde, si le hiciera mucho caso me temo que no me dejaría oír el susurro de las hojas, seguro que me perdería en la interminable lecturas de las controversias, me extraviaría en las ramificaciones de un tiempo que no es el mío. Un equilibrio difícil porque la opción lleva implícita una dosis de aislamiento que a su vez me llena de extrañamiento; porque así el mundo se aleja de mí, o yo me alejo de él. Yo y el mundo aparecemos como extraños el uno para el otro.

Pero cuando ingreso en la garganta de Lumbier el tiempo y el ruido del mundo ceden su paso a los gritos que aquella noche salían de una habitación próxima en la casa rural donde me hospedaba.

¿Qué tienen los gritos?

Qué tienen los gritos que hoy me siguen a todas partes, que me hacen pensar que la música es inferior a ellos, que el lastimero vagido salido de las entrañas, rodeado de oscuridad, es sublimemente hermoso por lo plañidero, por lo desgarrador, porque su sonido es capaz de hacerme enloquecer y obligarme a danzar en plena noche por el patio de la casa rural donde me hospedo —soñarlo más bien— buscando las hebras sonoras que quedaron colgadas de las ramas nocturnas de los árboles susurrantes. Qué tienen los gritos de placer y llanto, que me despiertan y ponen al instante todo mi cuerpo en tensión, mucho más que si apareciera una sílfide entre la niebla de mi deseo; qué tiene, di, esa voz femenina que soñé durante media noche, su gemido, su llanto; ¿qué música podrá igualar los registros con que esa garganta taladraba la noche haciendo penetrantes llagas en el cielo de la madrugada?

Me enloquecían los gritos, nunca una música me conmovió tanto. Y me pregunto qué sustancias en la química de mi cuerpo llevan estas cosas, las recogen en los rincones de mi biología y lo traen hasta mi sistema nervioso esta mañana junto a las aguas del río Irati, álamos y sauces añosos vistiendo la orilla y transmitiendo también sus voces suaves desde su porte nervoso y armónico.

¿Qué tienen los gritos?

Los hechos eran éstos. Después de una semana de deambular por el otoño hispano y, aquel mismo día por los bosques de Irati, me tropecé en Orbaizeta con el anuncio de una casa rural y no resistí la tentación de una ducha caliente después de tanto vagabundeo. Aquella noche la casa sólo la habitábamos una pareja y yo, eso me dijo la señora que me entregó la llave, ya anochecido. Frente a la puerta había un vehículo pintado de metálico azul cobalto. Cuando abrí, todo estaba oscuro y en silencio: sólo después de un rato oí unas voces en sordina en la habitación de al lado; y cuando estaba empezándome a dormir un gemido un tanto gatuno. Aunque algo excitado, el cansancio me pudo, tenía sueño y me dormí profundamente. Soñaba, despertaba dentro de un sueño atravesado por un grito que brotaba con la fuerza del agua contenida de un embalse que se hubiera abierto camino echando abajo el muro de contención; soñaba despertar, desorientado, confuso por una aguda impresión de desasosiego; no lograba identificar el lugar donde me encontraba. Y en seguida llegó otro grito más de ella, esta vez prolongado, retenido un instante, explotando una vez más, taladrando la noche; gemía convulsivamente ahora. Salté de la cama y miré afuera, nuestras ventanas ocupaban los lados opuestos de un diedro, había una tenue luz en la habitación, veía una parte de su cuerpo sobresaliendo por encima del alféizar. Los gritos eran más débiles. Me abrigué y salí silenciosamente al patio, di la vuelta a la casa; sentado en el escalón de una puerta vecina a la ventana esperé en silencio unos minutos; hacía frío. Volví a oír débilmente un largo gemido; tras un silencio prolongado retorné a la casa; descalzo atravesé hasta donde venían los gritos, me senté en el suelo casi rozando la puerta, anhelante, con miedo a ser descubierto, pero imposibilitado para dejar aquel lugar sin antes haber prorrumpido ella en la salva de gemidos que yo necesitaba oír de manera improrrogable. Necesitaba oírla, mi cuerpo lo pedía a gritos, temblaba esperando el siguiente momento. Pero apenas llegaron en ese instante algunas palabras ininteligibles. Luego volvió a hacerse silencio. Retrocedí el espacio andado hasta mi habitación; la luz de la estancia próxima permanecía encendida, sólo llegaba a ver un brazo y parte de la espalda. Regresé a mi cama, me quité el jersey y traté de calmar mi excitación durmiendo. Después de un rato me incorporé con la esperanza de oír algún sonido que se escapara una vez más de la habitación próxima. Y entonces la volví a oír, suave, muy bajo. Me levanté, me puse el jersey y las pantuflas. Me asomé, ahora podía verle toda la espalda; salí al jardín y di un gran rodeo con la intención de ponerme bajo la ventana. Gemía con ayes débiles pero crecientes. Rodeé un macizo de pelargonios cercano a la ventana y me coloqué junto a la jamba izquierda; pero no había nada en donde agarrar mi excitación. Me asomé imprudentemente, ella tenía los ojos cerrados y sollozaba; huí. Mientras me retiraba la noche fue atravesada de parte a parte, rotundamente, envuelta en lágrimas. No podía atravesar frente a la ventana; rodee el edificio y volví a mi habitación, me metí en la cama. No pude dormirme en seguida; sin embargo, poco a poco el personaje de mi sueño y yo nos fuimos fundiendo bajo el calor de las sábanas. Quedé profundamente dormido. Cuando me desperté, ya avanzada la mañana, había un silencio sólo alterado por los gorriones y los mirlos. Caía un chirimiri envuelto en la niebla. Miré por la ventana, el coche aparcado la víspera frente a la casa, había desaparecido.

Dice Marcello Mastroianni en El paso de la cigüeña, de Angelopoulos: “A veces hay que callar para oír la música que hay tras el sonido de la lluvia”. Era la imagen pertinente de lo que sucedía en mi sueño de la noche anterior. Deberíamos callar para oír lo que hay más allá de la lluvia, del ruido diario, del alboroto de los hechos que saturan nuestros ojos impidiéndonos ver, mirarnos. El yo como centro del mundo que reclama nuestra atención: lo que hace, lo que siente, el colapso que las cuerdas de su entendimiento sufren cuando tras la lluvia es capaz de vislumbrar alguna gran verdad que le concierne. Nuestro yo y nuestros gritos lo son todo en la historia de la agitación de la tierra.

Leer la prensa

Y el silencio invitaba a la contemplación. En la bandeja trasera del coche había un teléfono, la funda de unas gafas, libros, mis pantuflas nórdicas, más libros, unos calcetines de lana, un atlas de España. Alargando mi mano derecha, sobre el asiento delantero, se encontraba la comida; a mis pies, toda la ropa necesaria para estos días; anclado en el asiento del conductor colgaba el foco que me alumbraba por la noche; y algo más alejado el bidón del agua y una batería de repuesto. Teóricamente al mediodía debería haber estado en los bosques de Irati, pero el tiempo gris me indujo a vaguear y después a encender el portátil. Si no llegaba hoy llegaría al día siguiente, o acaso al otro, o al otro. Me pesaba un poco ese llano inanimado, la mañana tenía en sus tripas un algo de opresiva. Fue necesario hacer el esfuerzo y ponerme en movimiento; terminé resucitando y poniéndome en camino. Habría de prepararme mejor ante estas eventualidades, la murria, la pereza, el desgano entrando por las rendijas del coche invitando a la melancolía.

Tener a los políticos para que te solucionen la vida; era una idea que me asaltó mientras conducía cami

no de Pamplona. Un modo de disculpar mi lejanía respecto a la política. Leo en el periódico de hoy —siempre hay algo que llama mi curiosidad y entonces el ratón no puede resistir la tentación de indagar— que en Francia una comisión parlamentaria investiga la no escolarización de niños de una secta. El presidente de dicha comisión, un tal monsieur Fenech, hace la observación de que los chavales no sabían siquiera quien era Zidane (!), una apreciación absolutamente relevante en un presidente de una comisión parlamentaria. Saber quien es Zidane o Tom Cruise es hoy el equivalente al conocimiento del catecismo Ripalda de nuestros años de escuela. Mi amiga Marga lee todos los días el periódico, dedica mucho tiempo a la política, tiene un amigo diputado del psoe. Discutimos a menudo sobre este asunto. Yo no leo, ya hago bastante con mirar la portada de El País, y es que me resulta soporífero ir más allá; algún suelto de Millás o Manuel Rivas, acaso, o las viñetas de Hipo Hipo o Forges. En general, nos perdemos en exceso en los caminos fatuos de la realidad; y en particular, en las muy muchas vicisitudes insignificantes de nuestros políticos, y que la prensa no se corta un pelo en aventar para que nosotros tengamos ocupado nuestro tiempo en saber la longitud y la anchura de la sombra que persigue a Rajoy o a Zapatero, o para conocer si a la señora Esperanza Aguirre el sueldo le llega a final de mes o no.

La verdad, y para ser sincero, es que el sistema me proporciona la posibilidad de dedicarme a aquello que elijo. Tomo carreteras, visito pueblos, dispongo de los servicios que necesito, y todo ello es posible porque hay gente que se dedica a organizar el mundo. Nuestro bienestar y nuestra cultura se asienta sobre el correcto o no correcto funcionamiento de las instituciones políticas. Es de agradecer que el mundo funcione, aunque lo haga no exactamente como yo quiero, que de empeñarme en ello tampoco podría ser, y por añadidura me robarían la posibilidad de este tránsito tranquilo por el mundo, ya que organizar el mundo es complejo y consume una gran cantidad de tiempo y energía vital. Lo que me obliga a disculpar aquello que no me gusta y a reconocer el esfuerzo de los que trabajan en la obra común, aunque sea gastando excesiva pólvora en bobadas de tres cuartos.

Si alguien no hubiera proyectado las carreteras, suministrado el carburante para mi coche, fabricado el portátil en que tecleo en mi periplo otoñal por España, pues eso, que no podría estar aquí disfrutando de este particular otoño que me he fabricado este año.

El bosque invadido

Entre Soria y Vitoria; un altiplano racheado por el viento. Me despedí un domingo por la tarde de mi amiga Maite en Salas de los Infantes después de haber rastreado juntos los bosques de Neila y Urbión.

El viento barría el altiplano donde aparqué el coche para pernoctar. No es fácil sustraerse a lo corriente, no hay posible escenografía de cuentos de hadas, de bosque salvaje, de... todo es excesivamente normal; el bosque termina siendo habitado por todos los rincones, si no por los que trabajan o tienen alguna labor en su interior, es por los ciclistas, o por los recolectores de setas, o por los paseantes. Los árboles, el agua, las cascadas, viven el asedio del turismo de masas. Naturalmente el entorno de la Laguna Negra no es patrimonio de nadie, y menos mío, cada uno toma de él lo que su magín le propone; y todo vale. Sin embargo el mundo se reduce sustancialmente, el turismo ahoga el paisaje, lo llena de ruido, de futilidad, de mediocridad.

Cuando salgo a la carretera y me acerco a Burgos, me digo lo mismo, hemos invadido definitivamente el entorno: dos autovías, la vía del tren, los pueblos, las naves industriales. Vamos sustrayendo a la tierra tanto, tanto que terminaremos acaso admirándola sólo en los pocos metros cuadrados de un jardín. Es difícil encontrar un camino que lleve a un lugar donde sea posible no escuchar la circulación de los automóviles, donde los cables no cuelguen sobre los sembrados. Uno desearía un otoño limpio, despejado, personal. Oigo a Maite y una parte importante de la realidad de la que hablamos se me hace extraña. La lucha por el poder y por una alta capacidad de consumo distancia a los hombres de los valores vitales, les aleja, les oculta realidades íntimas, la muerte, el amor... aglutina los deseos en torno a la propaganda, genera un estúpido paternalismo en los políticos, que ni están interesados en educar a la población ni hacen nada para intentar comprender ellos mismos la realidad global; la del individuo, se entiende. Usamos el mundo con un absoluto desprecio economicista... y en los últimos años con un estúpido paternalismo de pacotilla. Los bosques requieren una amorosa aproximación, una relación de amante hacia ellos; no podemos, no debemos invadirlos con el vocinglero trajín de las ferias. Ellos nos alimentan, ellos nos dan paz, en ellos encontramos el descanso de nuestro cansancio, al amigo que llena de armonía nuestra alma.